Tres negritos

13 de abril de 1955. Atención, porque la primicia es buena. Lo suficientemente buena, al menos, como para aparecer en la portada del Informaciones del día correspondiente:
¡Tres negros llegaron ayer en moto a Madrid!
¿Pero esto es una noticia, siquiera en 1955? ¿Es que en el Madrid de la época no se sabía de las personas de color?, se preguntará probablemente el amable lector. Bueno, según se mire. Se sabía de Antonio Machín, claro, y de sus angelitos negros, y ya era viejo que las orquestas cantasen aquello de “Son tantos negros los que han venido / para enseñarnos el charlestón...”. Por otra parte, hacía décadas que los negros ataviados con librea blanca y servicial acento caribeño daban buen tono a los establecimientos más cosmopolitas del ramo hostelero; así como también eran populares las huchas con forma de cabeza de negrito mofletudo (de cerámica, claro) con las que se hacía la postulación para el Domund. Y, por supuesto, si se hubiese tratado de tres morenos pequeños y enjutos de la Guinea Española montados los tres juntos en una Montesa, a buen seguro que la cosa no habría levantado semejante polvareda. Lo que sí que debió de levantar polvo y asombro fue ver pasar por aquellas carreteras dejadas de la mano de Dios y del Estado, a una velocidad de crucero de 104 kilómetros por hora, a tres negros gigantes y sudorosos cabalgando sobre sus respectivas Harleys y ataviados con sus correspondientes Ray-Ban Aviator (las de pera), con chupas de cuero remachadas en la espalda por el parche del Motorcycle Club de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y con sendas calaveras pintadas en sus cascos. Y cada uno de ellos de un tamaño aproximadamente un tercio más grande que la media del español de la época.
Hete aquí que de tal guisa se los encuentra en la Puerta de Alcalá un intrépido y audaz Emilio González Navarro, que no duda en aprovechar la situación para ofrecerse como improvisado cicerone y darse el gustazo de ser escoltado hasta el hotel Nacional por lo que ante sus ojos debieron de parecer tres oscuros semidioses motoristas sobrehumanos. La pequeña entrevista que les hace, una vez ubicados, no tiene desperdicio en su alarde de tópica españolidad. Como apelando a aquello de que la potencia sin control no sirve de nada, que dice el anuncio, los tres corteses jinetes responden unánimemente que no hay pericia más osada que la de nuestros toreros y que cualquier cosa es preferible antes de enfrentarse a un toro. Y de entre todas las bondades de la Patria destacan, frotándose las manos, la belleza sin par de las chicas españolas. Mucho más guapas que las francesas, dónde va a parar... ¡Ay, grandeza de raza!
Aunque, sin duda, lo que más llamó la atención del periodista fue que pensasen gastarse cuatrocientas pesetas diarias por cabeza.

2 Apostilla(s):
¡¡Que grande tu labor documental!!
ole!
Gracias, Hares, un halago siempre anima.
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