Informe de actuaciones:

En Madrid, a 12 junio 2006

Devanarse las tripas de impotencia


La historia que les traemos hoy nos resulta especialmente conmovedora. El 23 de enero de 1958, un joven abulense de 35 años, enfadado porque su madre no le deja realizar cierto viaje, se abre el bajo vientre con un cuchillo, se engancha la tripa, pega un corte limpio, comienza a tirar de ella, se saca ocho metros de intestino y vuelve a cortar de nuevo. Ocho metros, el intestino entero. Que se dice pronto, pero que hay que tirar mucho antes de verse con todo eso ahí fuera. Total, que le llevan al hospital, donde cosen con desgana los cabos sueltos, zurcen malamente la herida y dejan morir al pobre desgraciado. A la seis horas, y al ver que el condenado se resiste a abandonar este mundo, empiezan a plantearse la posibilidad de ofrecerle algún cuidado médico. Para finales de marzo, nuestro amigo se encuentra completamente restablecido y come de todo, aunque se le nota que pierde peso, sin duda porque no asimila cuanto precisa. Su caso clínico es muy interesante, concluye el teletipo. Nosotros suponemos que moriría de consunción meses después.

Piensen, por favor, en ese joven de treinta y cinco años. Imagínenle. Piensen en la madre. Piensen en el viaje... ¿a dónde? ¿a qué? Piensen en el enero del 58 en Ávila, esa santa ciudad que tan curiosas epopeyas humanas, no exentas también de cierta santidad, nos está ofreciendo (ésta no es la primera ni será la última). Piensen en el hospital, en los médicos, en los comentarios de los médicos con respecto al infeliz. Pero, sobre todo, piensen en la impotencia, en la frustración, en el aturdimiento mental, en la imposibilidad de comunicación que pueden llevar a un individuo a devanarse literalmente las tripas sólo para demostrar que lo que dice va en serio.

Leído en el Ya un 29 de marzo de 1958.

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